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Siempre he intentado estar ahí.
Siempre.
Incluso en aquellos momentos en los que estabas perdida fuera de casa, volviendo cada fin de semana a buscar la protección materna. Siempre tenía un rato para llamarte, escribirte alguna carta o tener un pensamiento fugaz, siempre.
Luego te viniste a esta ciudad que nos acoge, y volví a intentar ser tu colchón, encontrando ratos en la noche para ir a tu casa, hablar , jugar a algo e intentar tapar esa soledad que te inundaba meses antes pero que ahora te estaba abandonando. Por fin volvías a sonreír de forma natural.
Poco a poco fui dejándote hueco, más espacio y en esos momentos fuiste dejándome de lado. Hasta que “te venia bien” llamarme o quizá no te importaría compartir algún rato conmigo. O de esos mismos ratos sacar provecho personal. Y ahí estaba yo.

Y la vida pasó, los años corrieron , las situaciones cambiaron y todas esas soledades de años atrás las tapaste con gente nueva. Yo ya no era válida.
En las  situaciones que teníamos que afrontar juntas, ahora a tiempo pasado, me doy cuenta  que la cercanía que yo buscaba no era la que en realidad había. Ilusa de mí.

Y poco a poco nos alejamos, aunque a veces quedamos, nos encontramos, y estamos un rato juntas, aunque ya no estamos porque no nos contamos o si nos contamos siempre aparece una conversación de móvil para cortar la energía que resurge.
Porque quizá nuestro futuro es así, energía que no llega a fluir aunque a veces salten chispas cuando nos vemos.

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